Es increíble que en este mundo globalizado, donde las democracias han sido sustituidas por los mercados, todavía exista gente con alma que lleve el testigo de nuestros antepasados.
la caza de liebres con galgos es muy diferente de la caza con escopeta. Por ejemplo, a la liebre se le da una oportunidad de salvarse, es una lucha de un animal contra otro.
La caza de liebres con galgos permite no sólo a los galgueros, sino a mucha más gente, disfrutar del campo y de la cacería. Cada jornada hay más público viendo la caza que galgueros.
Además no es tan peligrosa como la caza con escopetas, la cual, impide que la gente circule por los caminos próximos a los lugares acotados.
Los galgueros van en busca de la liebre formando la mano, o sea, un grupo de personas que baten el campo, como si fueran de la mano, en busca de la liebre. La mano va peinando la zona donde se piensa que puede haber liebres. Uno de los galgueros va unos metros delante de la mano y lleva «la collera», o sea, a los galgos que les toca correr inmediatamente, normalmente dos perros de diferentes cazadores. La collera lleva un sistema de correas que permite soltar a los galgos rápidamente Se suele dar unos metros de ventaja a la liebre y cuando los galgos la han visto se les suelta.
¿En qué consiste una carrera bien hecha?
pues ante todo tiene que durar un mínimo de tiempo. Tres minutos está muy bien. El galgo no debe ir al corte, debe perseguir a la liebre limpiamente y si además va siempre en cabeza mejor.
Es curioso el instinto que tiene el perro por coger a la liebre. En su ciega carrera no ve obstáculos, y puede caer en una zanja o golpearse con una alambrera y quedar herido.
No importa si llueve o hace frío, siempre hay galgueros dispuestos a ir en mano por las tierras llenas de barro, mojándose, subiendo cuestas, para tratar de levantar a la liebre. A veces, los más avezados galgueros ven a la liebre en la cama a cierta distancia y todos se disponen para la carrera inminente.
Pero lo normal es que la liebre salte en el momento más inesperado. Algunas veces la liebre se queda y los galgueros pasan sin verla, ella permanece allí acurrucada entre las pajas del rastrojo.
La liebre que se va y no es atrapada tiene todo el respeto del galguero. Como igualmente lo tienen las liebres demasiado pequeñas que aunque sean vistas en «la cama» se las deja sin ser molestadas.
Para el galguero el premio no es nunca la liebre, el premio es que su galgo corra bien y que coja la liebre.
Los galgueros son como los aficionados al fútbol, grandes forofos que se sienten muy orgullosos cuando ven correr a sus perros.
A veces la liebre, en su huida desesperada de las fauces del galgo, se dirige hacia la gente y corre entre ellos sin importarle su presencia ni sus gritos. Esto nos da una idea del miedo del animal que en su huida hacia el perdedero no le importa enfrentarse al temido hombre.
La liebre y el galgo son dos animales nobles y potentes corredores. La liebre es más regateadora, capaz de giros increíbles y saltos acrobáticos para salvarse. El galgo es un gran corredor de fondo poseedor de un ansia infinita por la liebre.
La liebre de pelo suave y camuflado, duerme sobre la tierra en los lugares más camperos que ya empiezan a escasear. Emboscada, siente las pisadas de los hombres que se acercan y oye ladrar a los galgos a lo lejos, mientras se aplasta contra el suelo como queriendo desaparecer dentro.
La liebre de ojos saltones huye de las fauces de esos perros anoréxicos y estilizados que avanzan más veloz que el viento.
Si la caza es fiesta y deporte para el galguero, para el galgo es placer y sufrimiento. Evidentemente, la fiesta del cazador se transforma en tragedia y miedo para la liebre.
El galguero enfrenta a los galgos contra la liebre en una lucha desigual en cuanto a número de participantes, pero mucho más justa que la que enfrenta a otros animales frente a la escopeta. Aunque hay ciertos cazadores sin escrúpulos que cuelgan a su perro de un olivo, el verdadero galguero respeta a la liebre y al galgo. De todo hay en este mundo, gente que trata a los animales mejor que a sus vecinos y gente que los maltrata sin razón alguna.
Texto: Francisco Manuel García Palancar.
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EN CONSTANTE APRENDIZAJE.
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